PRIMERA PARTE
El enfrentamiento.
Una mujer se encuentra en pleno trabajo de parto. Grita de dolor. Una enfermera seca el sudor del rostro de la parturienta y luego le dice al oído que tenga fuerza ya que ser madre por primera vez y , encima de mellizas, es algo muy difícil…
-! Corten! exclama, Manuela quien enseguida sale corriendo del lugar de filmación.
Andrés, el productor de la película que se esta rodando, da algunas rápidas indicaciones al equipo de filmación y luego abandona el lugar. Preocupado por la inesperada huida de la cineasta, corre hasta el restaurante donde ambos han estado almorzando durante los últimos días. Con el rostro desencajado por la angustia e impaciencia camina entre las mesas con la esperanza de encontrar a Manuela y de poder, como siempre, apaciguar su impetuoso temperamento. A cierta distancia observa a una joven de larga cabellera oscura muy parecida a la de Manuela. Entonces, creyendo que se trata de la cineasta, se acerca hacia la mucha con paso firme pero, enseguida, se percata que se trata de una equivocación. Tratando de calmar su inquietud, incrementada por la inesperada confusión, enciende un cigarrillo y al hacerlo recuerda con nostalgia el día en que Manuela le comunicó que había logrado conseguir el financiamiento para la realización de la película. En aquel tiempo jamás hubiera sospechado que trabajar al lado de Manuela le resultaría tan agobiante. Arrojando una gran bocanada de humo toma asiento fatigosamente en una de las mesas ubicadas en la terraza del restaurante. La brisa ligeramente cálida, poco usual en el invierno limeño, le induce a pedir un jugo de naranja con hielo. Registra la hora. De pronto se sorprende entretejiendo una serie de ideas que aumentan sus recientes sospechas de que cada una de las escenas de la película forma parte de la historia personal y secreta de Manuela. Se pone tenso. Observa nuevamente su reloj intentando distraer sus inquietudes. Repentinamente, experimenta deseos de huir. Se imagina en un día soleado descansando sobre la arena sin más compañía que un par de libros y unas botellas de vino. Sorpresivamente, la voz de Manuela saludándole jovialmente como si nada hubiera sucedido, lo trae nuevamente a la realidad, a aquel compromiso que ya parece ineludible.
Una niña, de unos cinco años de edad, observa desde una ventana. En la calle, una multitud de hombres y mujeres, arroja piedras a las fuerzas policiales. El cemento se ve teñido de sangre. Aparece el interior de una pequeña habitación. La abuela reza ante una imagen Mariana. Se escucha el repicar de unas campanas. La anciana se asusta y aturdida exclama un nombre: ¡Patricia! La anciana reaparece dentro de una sala. Encuentra a la niña frente a una de las ventanas. La aparta del horror. Se escucha el eco de unas voces heridas. De pronto, aparece una amplia habitación cuyas paredes se ven cubiertas por diversos afiches y estanterías con libros. Sobre una mesa hay una computadora y una serie de papeles diseminados. Ingresa a la habitación una muchacha de unos veintidós años de edad. Toma asiento ante la mesa. Fija la mirada en la pantalla. Sobre el fondo celeste se puede leer en letras cursivas: capitulo XV. Súbitamente, la pantalla se va agrandando. Se escucha Sueño de amor de Liszt. Todo es celeste. Aparecen una mujer y un hombre vestidos deportivamente. Ambos son jóvenes. Pasean en bicicleta por un rompeolas. La imagen se congela. Al instante retorna el marco de la pantalla, la muchacha frente a la computadora presionando rápidamente diversas piezas del teclado. Deja de escucharse la melodía de Liszt. Una voz masculina exclama un nombre: ¡Patricia! La muchacha, frunciendo el entrecejo y con voz áspera, responde que se encuentra ocupada. La habitación se cubre paulatinamente de negro.
- Me gustaría hacer algunas modificaciones en las últimas escenas de la madre. Debemos de excluir ciertos vestigios de falsedad, de reiteración innecesaria- dice Manuela a Andrés mientras almuerza en la terraza del restaurante.
- No creo que sea necesario - exclama Andrés impaciente.
- Porsupuesto que sí - insiste Manuela, retirando a un lado su plato con ensalada y con gesto abatido agrega: - No estamos logrando la atmósfera adecuada. Debemos ser menos explícitos…
- Estas subjetivisando demasiado – interrumpe Andrés, jalándose el lóbulo de la oreja izquierda como siempre que se encuentra molesto-. La cámara no puede introducirse dentro de tu cerebro para captar cada uno de tus pensamientos, de tus imágenes internas.
De pronto se percatan del tiempo, de la realidad. Recuerdan que en menos de media hora tienen que estar filmando en una locación distante. Enseguida dejan las discrepancias. Pagan la cuenta y se dirigen al lugar de filmación al que llegan treinta minutos más tarde de lo previsto. Roberto, el director de fotografía, les comunica nerviosamente que el alcalde del lugar ha sido asesinado por los terroristas cuando éste salía de su casa en la madrugada. Sugiere, apesadumbrado, que se deje el trabajo de filmación pautado para ese día para poder concurrir a los rituales fúnebres. Discuten. Un grupo de transeúntes se arremolina en torno al elenco que, enseguida, decide ingresar a los automóviles rumbo al velorio.
Los caminos hasta la casa donde se encuentra el difunto son de tierra. Un desierto de arena y miseria. Las viviendas de ladrillos y esteras lucen desteñidas banderas de Perú a media asta. Llegan a una vivienda de ladrillos pintados de añil. Las coronas de flores forman largas hileras entre los presentes. A los periodistas se les ve de aquí por allá. Uno de ellos, un joven de unos veintinueve años de edad de cabellos revueltos y ademanes nerviosos, se acerca a Manuela y le pide su opinión sobre el vil y cobarde asesinato. La cineasta responde aturdida:
- ¡Estoy harta de tanta violencia! -. Rápidamente se aparta del periodista, de aquel enfrentamiento con la realidad. Con el elenco de la filmación se acerca a dar el pésame a la viuda quien empieza a llorar desconsolada especialmente cuando Gloria, la actriz que interpreta el papel de Patricia adulta, la abraza. Entre sollozos recuerdan al difunto en un domingo de filmación, cuando éste preparó personalmente docenas de anticuchos para invitar a los actores, a las estrellas como él solía llamarlos con su acento de puneño, aquel que no se desprendía de él a pesar de sus muchos años viviendo en Lima, tratando de olvidar el hambre que padeció en su tierra y ese frío que aún le calaba los huesos, la memoria.
Los periodistas captan a Gloria y a la viuda en todos sus ángulos. Las hijas del difunto, están sirviendo café. A una de ellas se le cae una taza al piso. Andrés se acerca a auxiliarla. Las cámaras periodísticas se alejan de la viuda y de Gloria. Corren hasta el percance. Andrés cubre entre sus brazos a la muchacha y la conduce al exterior.
Patricia de doce años de edad y sus hermanas Silvana e Inés de diez y nueve respectivamente, se encuentran dentro de un cuarto de cocina. Preparan galletas. Por algunos detalles en la decoración de una mesa se percibe que es época navideña. Entra a escena La madre, una mujer joven de abundante cabellera castaña y larga bata de color fucsia. Con voz enérgica ordena a Patricia que deje de cocinar galletas y se ponga a estudiar. Repentinamente entra la abuela. Con aire de profunda preocupación dice algo al oído de su hija. Enseguida ambas mujeres salen apresuradamente de la cocina.
Andrés y Manuela se encuentran dentro del automóvil. Regresan a Lima luego del velorio del alcalde. Comparten un silencio que desearían evitar, un silencio que duele.
De pronto, un perro atraviesa torpemente el camino. Andrés frena bruscamente. Manuela suelta un grito que, de alguna manera, disipa aquella soledad teñida de muerte. El animal lentamente desaparece entre el espesor de un campo de alfalfa. Anochece. Andrés acelera. Nuevamente el silencio. Manuela intenta distraerse observando las luces que aparecen en la lejanía. Entrecierra los ojos. Imagina estar dentro de una nave espacial a punto de aterrizar en un planeta desconocido. Se ajusta el cinturón de seguridad y reclina el asiento. Empieza a sentirse más relajada y experimenta complacida aquel inesperado bienestar. Piensa que la vida posee extrañas contradicciones y, entre placenteros suspiros, se queda dormida. Sueña que hace el amor con el cineasta alemán Rainer Werner Fassbinder. Se encuentran en una habitación donde todo objeto es de color azul. Solo un letrero, en el cual se lee: la angustia corroe el alma, muestra tonos verdes y negros. Fassbinder, besa con ansiedad el clítoris de Manuela quien se retuerce de gozo. Sorpresivamente el cineasta se aparta de ella y camina lentamente hacia una ventana. Descorre la cortina haciendo ingresar a la habitación una tenue luz ambarina. Manuela se acerca al cineasta. Le acaricia la espalda. Este se estremece y al instante afianza a Manuela entre sus brazos. La sacude con fuerza preguntándole una y otra vez: ¿Por qué se vuelve loco el señor R? Manuela quiere responder pero no logra articular palabra. El azul de la habitación va tornándose rojo. Ella siente que ya puede hablar, gritar: ¡La angustia corroe el alma! Palabras que parecen aquietar a Fassbinder que decide liberar a la muchacha y tomar asiento en un sillón. Manuela se arrodilla ante él quien enseguida, con una voz que refleja un gran cansancio, la acusa de ser excesivamente complaciente con la realidad. Ella, sin meditación previa, le ruega una penitencia para expiar sus culpas. Fassbinder le dice que viaje a Munich, y que clausure definitivamente el Bavaria Atelier. Manuela empieza a temblar de frío. El cineasta le ordena que se cubra el cuerpo y le extiende un abrigo azul que ella enseguida reconoce. Se trata de la prenda de abrigo que uso el día en que murió su padre.
En medio de un amplio jardín salpicado de lápidas, se encuentra un numeroso grupo de gente que rodea un ataúd sobre el cual un sacerdote de blanquísima túnica agita su incensario mientras recita oraciones en latín. De pronto, se advierte a Patricia y a sus hermanas con las cabezas gachas y los cuerpos cubiertos por largos abrigos