“Otra vez he vuelto a caer en las garras del chantaje. En la melancolía fingida y barata que justifica a la más exacerbada soberbia, de aquellos que simulan estar tristes cuando no saben cómo reaccionar y que descargan sus miserias personales sobre mí, y al final de la tempestad, vuelvo a ver como el barco de mi voluntad se pierde en el horizonte de un mar que jamás me atreveré a desafiar. Estoy muy solo, necesito saber dónde estoy porque no sé a donde fui a parar si es que alguna vez llegué a irme. No sé si es normal sentir como el mundo avanza mientras que tú, con tu propio mundo interior vas justo en el sentido contrario.
No sé si es normal ver como todo el mundo está tan carente de amor, pero parece que el que mejor lo disimule es el que vive más feliz. La felicidad plena es la ignorancia. ¿Verdad que sí amor? Tú puedes comprenderlo mejor que nadie.
Estoy cansado, muerto por dentro, cansado de este cuerpo, de esta cara, de tener que sentir que, en realidad, no me gusta mi vida pero que es la que tengo que vivir, vivir por compromiso, tener que comprometerme para vivir. ¿Quién querrá comprometerse? Sólo los necios lo hacen.
Aunque parezca un tópico, nadie, absolutamente nadie me escucha, simplemente por el hecho de que siento, siento hasta doler.
Porque dolor es lo único que percibo cuando los demás me miran, cuando me tocan, cuando me hablan, cuando me adulan. Dolor…..dolor, tan necesario pero tan frío y cruel, el único que te hace descubrir lo que tenemos aparte de cuerpo, aquello que no viene de aquí, sino de más allá, de mucho más lejano que el cielo y las estrellas, del reino de Aquél que se olvidó de mí”.

Mientras la lluvia golpeaba el cristal, Soledad se preguntaba dónde andaría…
¿Dónde estarás Mario?, ¿Dónde estarás?...
La única compañía de esta cría eran sus lágrimas, unas lágrimas que conocían el más mínimo detalle de su rostro, que llevaban yendo y viniendo tres años con más asiduidad que nunca y que ahora eran sus únicas amigas.
Deberías de comer algo Sole -
La Sra. Blázquez había subido las escaleras sigilosamente y estaba apoyada en el quicio de la puerta de Soledad contemplando la desesperación y la amargura de una hija que estaba conociendo a puñaladas la vida.
No tengo hambre, gracias madre. ¿Sabes? Muchas veces pienso que, en realidad, a nadie le importo, me refiero a que les importe de verdad, tanto como dicen, tanto como aparentemente demuestran. Estamos solos, y no lo digo como una frase hecha, nadie puede mitigar un dolor tan grande, no sólo el mío, sino cualquier dolor, nadie puede disminuirlo con palabras y sin embargo el dolor puede ser causado por una de ellas o simplemente por su ausencia.
Con el tiempo te darás cuenta de que la existencia no es nunca como parece, todos los días tendrás una visión diferente de ella y no encontrarás jamás una versión con la que quedarte porque todas te habrán parecido buenas para el momento en el que te haya tocado inventártelas o concebirlas.
¿Dónde estará, madre?
¿Quién sabe hija? Me entristece decirte esto pero, eso es lo que menos te tendría que preocupar. Olvídate de él, no te quiere y más aún, nunca te podrá querer. No fuerces al destino a un futuro que no planeó o se volverá contra ti.
Soledad meditaba todo lo que en su interior florecía, porque no reparaba siquiera en que su madre estuviera hablándole. Su mundo era Mario, su comida era su recuerdo, su paradero su descanso, a su lado, el aliento que estaba perdiendo y que sólo con su boca podría recuperar.

El mes de enero estaba siendo más frío que nunca en Lerna. El rocío había madrugado sobremanera y Mario Arezbra caminaba quién sabe dónde, balbuceando quién sabe qué, hacia un futuro inesperado con el halo de la tristeza inundando toda su envergadura, todo su pensamiento, toda su alma.
No, no era afortunado, ni siquiera sabía si se podría llegar a serlo. Cargaba una cruz que no le tocó elegir y sufría con desdén al compás de un dado propiedad de un destino al que, ni en sus peores presagios, hubiera podido ver el rostro.
Las risas de los transeúntes, las madres apresuradas que llevaban a sus niños al colegio, los coches en doble fila que parecían tener vida en su interior al desprender destellos incesantes de luz en su parte trasera. La más absoluta normalidad se desplegaba ante su mirada perdida, la más cruenta realidad ante alguien que no era normal. Después de todo, qué era lo normal, pues para él no lo era y a lo mejor para muchos tampoco. Quizás no lo fuera para nadie, simplemente fingían ser normales porque alguien les había dicho que ésas eran las pautas a seguir. Puede que ni les gustara cómo vivían. Puede que todo el universo fuera mentiroso. Puede que la gran mentira de la inmensidad fuera el hombre. Puede que el hombre fuera lo único que verdaderamente sobrara en la faz de la Tierra.
En cualquier caso, Mario no podría hacer nada, pues las cosas fueron así desde mucho antes de su llegada a Lerna, desde mucho antes de que el hombre empezara a comprarse a sí mismo y a autodeterminarse por lecciones de moralidad barata y gratuita que restringían libertades.
Pensaba en su madre, en su padre, en sus hermanos, en la sangre derramada en sus palabras, en los llantos sin final pero con un claro principio, pensaba en esa noche en la que, a la sinceridad se le ocurrió llamar a la puerta de su conciencia y como no…pensaba en Soledad, pensaría mucho en ella, pensaría en ella hasta que la vista se le nublara y no pudiera verla más en su recuerdo. Un recuerdo vivo de un pasado que no moriría, aunque él lo hiciera, porque sin duda marcó a una serie de personas derribándolas como fichas de dominó y que seguirían viviendo sus vidas normales, una de esas que a él no le pudo tocar tener.

Escondida, llena de polvo y con claras marcas de labios que sellaban su cerrojo, Soledad sacó del cajón de debajo de su cama, La caja del Sentir, como a ella le gustaba llamarla, ya que siempre que la abría, quemaba, latía y lloraba más que nunca el corazón.. Un corazón que alguna vez fue amigo suyo hasta que ella lo empezó a maltratar.

“Querida Soledad, soy más feliz que nunca. He conseguido desterrar de mi mente, todo lo que no me dejaba ser persona y lo he logrado, gracias a ti.
Doy todos los días gracias al Cielo por incluirte en mi vida, por traerte de el Reino de las Hadas, por dejarme que te ame, que recorra con todo mi ser todo tu cuerpo y que sienta que no existe el tiempo, ni el espacio, cada vez que tú me miras.
Mi familia está más contenta que nunca, quién mejor….no para de repetirlo mi madre.
Mi padre pregunta todos los días por ti, que a dónde vamos, que si ya tenemos fecha para el enlace, que si llamaremos Aurelio a nuestro primer hijo por seguir la tradición.
Sabes que todo esto te lo puedo decir en persona, pero por carta me expreso mejor.
Te quiero…Mario…tu Mario”.
Palabras y más palabras, un océano de enlaces gramaticales y fonológicos que despertaban sensaciones al leerlos.
Soledad había gastado toda la energía que le quedaba para esa jornada aplastada contra la ventana de su habitación, mirando en todas las direcciones, esperanzada en que el humo de su cigarrillo fuera en el sentido correcto y le pudiera indicar el camino de regreso a casa a su amado Mario.
Cerró la caja y suspiró, en ella una historia de tres años, cartas como la del principio o como ésta, cartas contradictorias, cartas llenas de ambigüedad, de duda, entre dos interlocutores que iban por caminos completamente opuestos.
Pegaban a la puerta, quién sería.
¡¿Quién es madre?!
¡Es la madre de Mario: Martirio!
Dile que pase por favor, necesito que me cuente.
Hola Soledad, ¿cómo estás?- preguntó Martirio, entrando en el dormitorio.
No quiero que me preguntes cómo estoy, quiero que me digas cómo está tu hijo.
La verdad es que…no lo sé. Te lo juro, pero tú no tienes que preocuparte por él. Es él quien te ha hecho daño, él es quien te ha destrozado la vida, si estoy aquí es porque estaba angustiada por tu salud. Ya no se te ve por el barrio, ni siquiera sales a comprar, la gente murmura, tu madre está muy preocupada y por eso he venido.
Pues si eso es lo que ha venido a hacer, puede marcharse igualmente pensando que no ha servido de nada su visita.
Tu madre…
¡Mi madre! ¿Es ella la que la ha llamado?
Sí – exclamó resignada.
Mario tenía razón. ¡Dios santo! No le importa dónde pueda estar su hijo, si come, si duerme bien, lo único que ha venido a hacer aquí es a limpiar su conciencia. ¿Es que no lo entiende?
Conozco mejor que tú a mi hijo y sé que volverá, yo misma lo espero en la puerta de casa todos los días desde que se despierta el sol hasta que ya cansado, apaga la luz del cielo.
No, Mario nunca volverá a su casa y… ¿sabe por qué? Porque nunca la tuvo, nunca lo trataron como parte de un hogar, como parte de su familia. Él no tenía brazos fuertes, ni le gustaba conducir, ni siquiera acudía a los partidos de fútbol de su hermano cada domingo. A él le gustaba escribir, le gustaba leer, preguntarse el por qué de las cosas, el principio de un planeta destinado a su final. Eso no era plausible ¿verdad? No podía competir con el pintor de fachadas de la vecina del cuarto, ni con el jugador de críquet profesional de la del primero, era distinto, era especial…¡Dios! Es que…¿no se dan cuenta de eso?
Mario volverá. Te lo aseguro

Sentenciando de esta manera, sólo le quedó levantarse y marcharse con la cara tapada por las manos y escondiendo en su orgullo las ganas de abrazar a la que consideraba una hija.