La noche estaba vigilante como los perros, los dos sabíamos que estábamos encerrados en ella.
"Venimos a este mundo sin quererlo, nos vamos sin saberlo", decía madrina liando las chalas de tabaco, haciendo sus cigarros arrugados y oscuros como dedos que han escarbado la tierra mucho tiempo por eso cuando te conocí creí que venías hecho para mí, que no había otra esperanza que no fuera la de verte llegar. "Te esperaba", tu voz me arrullaba cantos dulces no como ese lastimero arranque del acordeón en la fiesta de San Juan con los fuegos crepitando allá, clavados en el cielo sobre las altas tacuaras para asustar el aire de junio. No necesito que me digan las adivinanzas, no necesito las pruebas ni las rondas. "El agua no miente", dice Adelaida y echa en la palangana los papelitos plegados con los nombres que flotan y se crispan en las ondas iluminadas por las fogatas, ella espera que se junten por milagro del santo los nombres que se quieren en la vigilia de San Juan. "El agua también engaña a veces", ya me decía la Sacristana esa mujer que todos dicen que nació siendo séptima hija y se hizo bruja. No sé si miente el agua, sé que mirándome en tus ojos veía claramente el cielo despejándose después de una tormenta. Tus ojos me aquietaban todos los gusanos que se revuelven en medio del pecho cuando viene la noche pero no trae el sueño con ella, esas noches muy largas de luna turbia.
"Estoy aquí, no me voy, siempre estoy", me decías para desagitar mi pecho.
Yo le desconfío a palabras como 'siempre' que se dicen aquí y allá y uno nunca ve algo que esté siempre en el mismo sitio, uno busca algo que dejó ayer y en su lugar encuentra un vacío, una ausencia que después se hace larga como las sombras del atardecer hasta deshilacharse en las noches.
Así de largas, interminables.
Las luminarias temblaban esa noche de San Juan con el canto hondo de esos pájaros invisibles que gritan en la oscuridad.
"Una amasa hijos en esta tierra dejada, una llena las horas vacías con sueños, una ve creciendo esos hijos que nos van a salvar después cuando crezcan. Esos hijos son toda la esperanza pero un día una mala enfermedad se lleva ese único tesoro, esa promesa. Una se queda huérfana de sus hijos y en vez de llorar con desesperación nos obligan a bailar y bailar por el angelito cuando una lo que quiere es agarrarse la
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