Para Robert: sin ti esto no hubiera sido posible. Gracias por ser mi contador de historias particular, el que me puso alas para volar por los cielos inciertos de esta aventura.
Para Lluna, mi ranita, la semilla de historias futuras.
Para Max, el guardián de nuestra felicidad y nuestros sueños.
Para Robert. Lluna y Max, hoy por hoy, todo lo que me hace falta en el mundo para ser feliz. Os quiero.
Agradecimientos
Quiero expresar de corazón mi agradecimiento a todos los chilenos que me regalaron sus vivencias y que confiaron en mí para que fuera su contadora de historias. A Kena y Raúl y su familia que me hablaron de la pérdida del pequeño Gigo. A Josef por alentarme en mi proyecto y prestarme sus vivencias y la poesía que sale de sus pinceles. A María del Carmen porque fue la primera en contarme la historia de su hermana Nelsa Zulema. A José Miguel Zelaya por querer explicarme la suya pese a que se lo impedía el dolor. A Víctor Hugo Herrero que me hizo ver que aún queda, entre tanto dolor, un espacio para la felicidad y la esperanza. A Malva y Eduardo que me hablaron de Rodrigo y a Dagoberto, que me hizo crítica constructiva y también me habló de lo que llevaba dentro.
Gracias a todos por ayudarme en esta difícil empresa de conseguir hacer realidad un sueño.
Alguien dijo una vez que los dictadores están condenados a morir de viejos en sus camas mientras, en la distancia, aún resuenan los gritos y el llanto de sus víctimas.
A veces la lluvia cae como presagio de lágrimas, otras no son más que simples gotas de agua. Pequeñas moléculas formadas por insignificantes átomos de hidrógeno y oxígeno que brotan del corazón del cielo para perderse en las entrañas de la tierra, y así vuelta a empezar. Un ciclo sin principio ni fin que se va completando a través de los tiempos, inalterable. Un montón de hechos tan triviales como importantes, tan trascendentales que, sin embargo, pasan desapercibidos.
Como desapercibido pasa el dolor de los hombres. La gente tiende a olvidar con demasiada facilidad las tragedias de los pueblos que habitan la historia del mundo. Pesadillas como la del pueblo chileno desaparecen de la memoria colectiva como borradas por la lluvia. Pero hay heridas que no acaban de cicatrizar, que probablemente no sanarán nunca. Sólo tal vez caigan en el olvido cuando el dolor de aquellos que las sufrieron también sea olvido.
Y es que, el dolor de un pueblo tras un desastre se empieza a calmar cuando los muertos han sido enterrados. Cada pala de tierra arrojada sobre sus tumbas es un golpe al corazón, pero también un paso hacia la resignación. Devolver a la tierra lo que siempre supimos que le pertenecía forma parte de una deuda ancestral que todos acabamos pagando. Cuando la lluvia cae y empapa la tierra, y la hierba empieza a cubrir la última morada de los muertos, el ciclo de la vida vuelve a comenzar.
Pero, ¿qué ocurre cuando se nos niegan los muertos? ¿Cuando no hay un trozo de nuestra alma al que llorar? ¿Cuando las lágrimas son una lluvia torrencial que no cesa? No hay mayor desesperanza que la de no tener un muerto que devolver a la madre tierra para después poderlo llorar. Las lágrimas no se acaban... la lluvia no cesa... el ciclo no se puede completar… el olvido nunca llega.
Capítulo 1
El contador de historias
Aún me acuerdo de la primera vez en que alguien me habló de Roberto Rivas. Lo recuerdo perfectamente, como si hubiese sido ayer. Oí su nombre saliendo de los labios de un anciano que conocí en una taberna, en un pueblo llamado Arica. Era una persona de aspecto afable y bondadoso, uno de esos viejos contadores de historias que se intentan liberar del peso del pasado haciendo de sus vidas un relato de algo que pasó y que ya no les pertenece. Muchos de ellos van a dar con sus huesos a la barra de algún bar en cualquier parte, y se entretienen viendo pasar el tiempo frente a una humeante taza de café o delante de un vaso de buen vino. Consumen poco y hablan mucho. Son amigos del dueño y del camarero. Conocen a la chica que siempre toma allí su café y al camionero que viene del sur a traer mercancías una vez cada cierto tiempo. A todos les cuentan sus historias. Todos saben que son héroes, hombres de ley, pero en ocasiones, el manantial que fluye de sus bocas más parece la epopeya de algún personaje literario de otra época que su propio periplo vital. Muchas veces, quienes les escuchan llegan a dudar de si lo que el contador de historias les regala es o no cierto. Pero si nos paramos a pensarlo un momento, al fin y al cabo, ¿no tiene cada uno de nosotros su propia verdad?
Hace algún tiempo anduve largas semanas recorriendo el país más largo del mundo y en cada esquina hallé un contador de historias. Así llegué a la conclusión de que, cuando un pueblo amanece de una dictadura, cuando ha vivido una época de terror y la historia oficial se empeña en acallar lo que en realidad ha ocurrido, existen voces anónimas, protagonistas de aquel momento, que no se resignan al silencio y quieren hacer que se escuche su voz, la voz del pueblo. Esos hombres y mujeres se resisten a dejar que su memoria quede sepultada en el olvido y lanzan su relato al viento por si alguien lo quisiera escuchar. Así conocí a Roberto Rivas. Su historia, como tantas otras, se movía en ese espacio indefinido que existe entre la memoria y el olvido y el contador de historias me la regaló. Llegó a mí en forma de epopeya heroica y nunca sabré con qué cantidad de imaginación condimentó mi particular juglar el relato prestado de esa vida que no era la suya.
Siempre he creído que nadie puede contar mejor lo que en otro tiempo ocurrió que aquellos que lo han vivido. Lo que leemos en los libros de historia no son más que suposiciones con mayor o menos fundamento pero, al fin y al cabo, simples teorías. Bien es cierto que, si nos habla uno de los protagonistas, se corre el riesgo de que los hechos se impregnen de sentimientos, eso siempre ocurre, pero así la historia resulta más viva, más bella, más real. Por eso, lo que me contó Marcelo fue muy hermoso y
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