Sobre el suelo rocoso en general solamente se puede ver una antigua casa de campo abandonada y unos pequeños huertos sumergidos bajo la capa de malas hierbas y de arbustos. Hace años, sin embargo, la propiedad estaba habitada de manera permanente, es decir, disponía de un mediero que se ocupaba de la faenas agrícolas en la finca. Es una casa grande, con edificio principal y cuadra, aunque, ya por entonces, cuando Pedro Pardo vivía allí y trabajaba la tierra, parecía vieja y se la veía abandonada por fuera. El enclave silvestre no es lluvioso ni seco, no es demasiado caluroso ni frío, pero recuerdo que, años atrás, el frío del invierno llegaba a más baja temperatura y era capaz de traer la nieve a los altos dos o tres veces por temporada. Recuerdo también que, cuando visité por primera vez esta finca, el mas del Cruce, me impresionó el arroyo que saltaba e incluso tronaba de pozo en poza mientras que, ahora, el hilo de agua ya no resulta espectacular en ningún punto. Es bien cierto que, hace años, el ciclo de las estaciones se sentía con mayor relieve y también con mayor agobio para los habitantes del monte; la climatología adversa se sumaba a las dificultades orográficas y ponía en peligro la supervivencia. El paraje era y es en extremo quebrado y forestal, y, por esa extensión de terreno con continuos altos y bajos, se levanta la casa sobre una breve meseta abocada a un precipicio. La pared de detrás da a la profundidad por la que corre el río Jarque; y, por ese lado, no se abren balcones ni ventanas. El arroyo llenaba la balsa y desde allí salían dos o tres canales de riego para satisfacer las necesidades de la parcela de regadío. Los huertos estaban regados por un torrente que ni siquiera en verano disminuía de caudal y que hacía crecer las tomateras y las matas de habas. Casi todas las casas de campo y las pequeñas aldeas de la zona están levantadas sobre barrancos, lo que hace pensar en que los primitivos asentamientos pudieron servir también como fortalezas. Los habitantes de esas atalayas tenían las espaldas cubiertas por el precipicio de tal manera que solamente les quedaba enfrentarse al peligro que les pudiera venir por delante. Hay siempre un precipicio y un arroyo al que se puede descender por una senda pedregosa. Los moradores disponían de agua en abundancia; los asaltantes sufrían un verdadero calvario si pretendía sorprender por el lado del tajo.

Ya no estamos en los tiempo de las luchas armadas, de las confrontaciones religiosas, de los carlistas, de los maquis, pero lo cierto es que este paraje parece guardar, por su fogosidad y la dureza de su superficie, el recuerdo de las antiguas guerras mucho mejor que otros sitios y parece invitar a la reproducción de la violencia entre seres humanos: de la razias, las venganzas, las correrías tumultuosas de los cristianos y de los sarracenos. Es un terreno más propio para gente de frontera que para pacíficos agricultores.

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