R.P.I. B-4105-07


NOTA:

-Esta es una obra de aventuras y algo de misterio centrada en una ascensión muy complicada.

-Transcurre en dos momentos del tiempo separados por treinta años.

-El origen de la novela parte de un sueño particularmente vívido y muy especial.

-Las consecuencias de heridas traumáticas en el cráneo las he obtenido tras la lectura de un hecho real referido en la obra: TOTEM POLE de Paul Pritchard. Allí el protagonista explica un accidente terrible que le dejó en coma, paralizado y sin recordar cómo hablar o andar. Su fuerza de voluntad obró el milagro, la parte del cerebro que no usamos aprendió de nuevo lo que las zonas dañadas habían olvidado y ahora su vida es bastante normal.

-Las notas esotéricas son un extracto de muchas lecturas sobre el tema, especialmente de E.C.M. (Experiencias cercanas a la muerte) explicadas por pacientes que estuvieron clínicamente muertos y regresaron.

-Las referencias a cimas, rutas, equipamientos, refugios etc. en tiempo actual son reales.

-Todo el resto de la historia sólo está en mi imaginación.
CAPÍTULO 1

A medida que la conciencia volvía a mí oleadas de intenso dolor me recorrían el cuerpo. Con gran esfuerzo, logré entreabrir un ojo pero apenas pude ver... Había oscuridad, una especie de penumbra teñida, distorsionada además por el color rojizo de la sangre que me empapaba y que debía fluir de alguna herida en la cabeza... Y mi cuerpo colgaba, era evidente, pero... ¿dónde? y, sobre todo: ¿de dónde? Intenté mover el brazo izquierdo... ¡Imposible! ¡Estaba inmóvil! ¿Y yo? ¿Dónde diablos me hallaba? No recordaba nada en absoluto. El mundo y la memoria parecían haber muerto...
Luché contra la desesperación y traté de recordar, me obligué a abrir los ojos de nuevo, a averiguar qué era aquello, quién era yo... Una chica, eso lo sabía, pero no logré dar con mi nombre, ni con la historia de mi vida ni, mucho menos, entender qué demonios hacía yo en aquel lugar. Otra oleada de dolor me paralizó un instante pero forcé los párpados al siguiente. Entonces, entre el color rojizo de la sangre y de forma borrosa, distinguí una cuerda enredada de la que me hallaba colgando, colgando muchos metros hacia un vacío que no era "vacío" sino una enorme falla de cuyo final me separaban todavía quince o veinte metros más. Yo estaba suspendida de un arnés y mi cuerpo se balanceaba... El orificio era profundo pero estrecho y cerrado, algo así como un pozo... Y debía ser muy hondo... ¡No se veía luz allá arriba! Sólo una tenue claridad, procedente de alguna grieta lindante con el exterior, se reflejaba en las paredes... El movimiento de balanceo me iba columpiando sin llegar a rozar las rocas... Conseguí comprender, ya que apenas veía, que a mi alrededor se abría una especie de "panza". El agujero en que me hallaba era recto y estrecho por encima de mi, y lo era bajo mis pies, pero justo alrededor las rocas formaban una concavidad bastante amplia, de unos cinco metros... Aquella circunstancia evitó que me golpease contra las piedras, pero me impidió, también, tratar de liberarme... ¿Dónde me hallaba? No recordaba nada, ni quien era yo, ni qué hacía allí. La cabeza me dolía terriblemente y traté de tocarla con la mano derecha, la izquierda seguía inmóvil. Topé con algo duro... ¿un casco? Pero había sangre... ¿Se habría roto el casco, o la herida estaría en la frente o la base del cuello? Todos esos pensamientos todavía conservaban un atisbo de cordura, ahora me doy cuenta, pero a medida que el tiempo transcurría y yo empeoraba, mi mente empeoraba también y mis recuerdos iban muriendo.
Me desvanecí de nuevo con una tremenda sensación de frío, un dolor intenso y una mezcla de olores que todavía pude identificar: Humedad, tierra y el aroma intenso de algún perfume que debía usar yo... Cuando me recobré quise pensar, luchar contra la inconsciencia y salvar mi vida. Porque si alguna certeza llegaba hasta mi razón era que la vida se me escapaba. Algunos conceptos parecían evidentes para mi cerebro y lo eran de una forma clara y contundente: Yo era una mujer, lo que significaba que recordaba la naturaleza bisexual de las personas, llevaba algo en la cabeza y "tenía" que ser un casco; también sabía qué era una herida sangrante, lo grave que podría ser no mover el brazo ni la pierna izquierdos; y recordaba, igualmente, qué era una cuerda; como entendía que yo colgaba de ella... Pero... No pude asimilar quien era yo, qué hacía en aquel sitio ni cómo había llegado allí. La parte más consciente de mi ser se debatió de angustia ante esa impotencia, esa ignorancia y la certeza, además, de que el peligro era real y mi muerte casi segura... Intenté forzar la mente luchando contra la desesperación y el terror. No podía ignorarlo todo sobre mí, sobre mi vida... (también la palabra "vida" me era comprensible, como lo era el concepto "muerte") Traté de relajarme, de recordar, de "olvidar" la situación terrible en que me hallaba para empezar a encontrar respuestas, pero no lo logré en aquel momento. Sólo sentía dolor, un dolor lacerante e intenso. Me dejé arrastrar una vez más por la dulce sensación de la inconsciencia y sucumbí de nuevo.
Volví en mi de golpe al percibir voces "familiares". Aquello alertó a mis sentidos y "supe" que reconocer una voz familiar era algo positivo. Seguía sin saber quién era yo, era cierto, pero sabía que acababa de oír algo conocido, aunque, eso sí, distorsionado y lejano...
¡Es curioso! Recuerdo que en mi estado atiné a pensar que aquello era "raro", que era muy extraño que me llegaran sonidos allá adentro, como si salieran de las paredes, y decidí que algunas rocas poseen la facultad de transmitir las ondas sonoras en condiciones especiales, también pensé que había algo de claridad, por más que la abertura superior de la falla no era visible, y eso significaba que la luz se colaba por alguna grieta lindante con el exterior... Ser capaz de razonar, y hasta hacerlo en un momento crítico, e ignorarlo todo sobre uno mismo es una experiencia terrible, os lo aseguro. Incluso ahora, al escribir estas notas, no puedo evitar una sensación de estremecimiento y ansiedad. Porque no sólo no sabía quién era yo ni qué hacía allí, sino que conceptos como "casa", "trabajo", "estudios" e incluso "hogar" me eran por completo desconocidos en aquel instante. Yo era una partícula de "algo" consciente, sí, pero... Un recién nacido debe sentirse mejor, estoy segura, porque en su ignorancia total no conoce nada, se siente arropado y, por tanto, seguro; y su desconocimiento es tal que parte de cero. Más aquel no era mi caso. El olvido y la incertidumbre se daban la mano con otras sensaciones y recuerdos reales. Ser consciente en esas circunstancias y sentirse atrapada, herida e indefensa resulta aterrador. No recordaba mi nombre, ni sabía siquiera que tenía uno y que todos los seres humanos lo tienen. Me sentía consciente pero sólo en parte; y mi capacidad de recordar no lograba distinguir una cosa de otra ni separar lo auténtico de lo falso. Mi cerebro, en aquel momento crucial, razonó en algunos instantes con total precisión, madurez y hasta una sabiduría que yo no conocía pero, de forma paralela, me negó lo más esencial y me sumió en un estado de angustia tan tremendo que... Ahora, desde la perspectiva, lo comparo a un aparato de radio roto que no logra sintonizar algunas emisoras importantes pero que “caza” alguna al vuelo y de forma distorsionada. Cuando ese aparato de radio es la vida de una persona, su pasado, sus sueños, sus conocimientos y experiencias, entonces... ¡Bueno! ¿Qué os puedo decir? Os hacéis una idea ¿verdad?
Las voces que me llegaban eran confusas pero denotaban inquietud y yo, en mi estado, decidí que tenían algo en común conmigo porque yo también me sentía inquieta. Hice un esfuerzo para escuchar y entender. Por alguna razón desconocida mi propio cerebro “sabía” que estaba dañado, que yo necesitaba ayuda y que una voz familiar era lo más cercano a la salvación. Me sentí como si mi propio subconsciente tomara las riendas y decidiera que había que sobrevivir, que el “yo” consciente no daba la talla porque estaba herido, y que tendría él que trabajar por los dos. Forcé los oídos y escuché:
-¡Marta! ¡Marta...!
-Ya no se ven más huellas, Oscar.
-Hace rato que no se ven ¡Maldita nevada!
-¿Y si ha subido más para fijar una cuerda?
-¡No! ¡No! ¡Mil veces NO!
-Dijo que iba a equipar el primer largo – insistió Tony.
-¿Todavía crees que iba a subir?
-La verdad es que no. ¡No! Ella sólo buscaba protagonismo... ¿Me crees ahora? A Marta le interesaba más la leyenda de la montaña que la montaña misma.
-¡Tonterías!
-¿Tonterías? No se puede escalar con este tiempo. Lo sabíamos antes de venir, pero se salió con la suya, como siempre. Nos arrastró hasta aquí a sabiendas de que perderíamos estos días. ¡Y encima se ha largado sin decir ni “mú”! ¿Qué diablos se proponía?


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