Con la ingenuidad del que se sabe seguro, Nicolás se adentraba, montado en su bicicleta y con su inseparable mochila a la espalda, en el oscuro camino forestal dejando atrás la zona adecuadamente asfaltada e iluminada por las largas farolas diseñadas para no contaminar lumínicamente el espacio exterior.
Se dirigía, como tantas otras veces, a la fuente la orza –así la llamaban los lugareños- para disfrutar de ese pequeño salto de agua limpia y cristalina mientras aporreaba con una piedra desgastada algunas almendras recogidas de un árbol, situado a pie de la misma fuente, para sacarles el gajo e ingerirlas de dos en dos, a la luz de la luna pues esa noche era llena y lucía como nunca.
Como de costumbre la bicicleta la dejó apoyada sobre el tronco del almendro como un escolar que llega a casa de la escuela y suelta la mochila de forma brusca sin importarle si esta se puede romper o no. Con cuatro saltos certeros consiguió seis almendras con la corfa suficientemente abierta como para no tener que hacer grandes esfuerzos para separarla de la cáscara, la cual era la verdadera barrera a derribar para conseguir saborear esas almendras que, para el muchacho, no las había igual en ninguna otra parte.
Cuando, decidido, iba a asestar el golpe de gracia a la tercera almendra, mientras masticaba ya las dos primeras, oyó un ruido que provenía de la boca de la fuente a donde Nicolás dirigió toda su atención cesando cualquier ruido que él mismo provocaba en relación a la tarea en que en esos momentos, se hallaba envuelto. Le habían parecido unos frágiles susurros que no pudo llegar a entender, de hecho ni tan siquiera estaba seguro de que fueran susurros. Él mismo decidió que eran ruidos o sonidos producidos por los distintos bichos nocturnos que pululaban por la fuente a aquellas horas y que, sin duda, él había interpretado y confundido con susurros.
Siguió a lo suyo ya que pocas cosas más había en este mundo que le agradaran al muchacho que comer almendras a aquellas horas de la noche.
De nuevo volvió a oir algo, algo que, una vez más, parecían susurros, y esta vez lo tenía claro; había algo allí, no imaginaba que podía ser, pero aquel ruido parecía una voz. Ahora estaba seguro de haber oído algo que no había escuchado nunca, ya que conocía todos los sonidos de todos los animales que a esas horas hacían su aparición en los alrededores de la maltrecha fuente, y que quería volver a escuchar para quitarse de la cabeza la extraña idea de que fueran susurros. Nicolás acercó la oreja a la boca de la fuente permaneciendo así un inquietante minuto y cuando ya parecía que había sido cosa de su imaginación, pues de esta gozaba en gran cantidad, aquel sonido, otra vez, emanó claro perforando el cerebro del muchacho y haciéndole retroceder con nerviosismo y con cierta dosis de terror y ciertamente

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