Existió, en tiempos del inútil Felipe IV, una joven muchacha que por causas del destino vivió, creció y murió en una situación lamentable de pobreza y miseria y en la que sus muchos y variados amos se aprovecharon de ella en todos los sentidos, pues además de bonita era buena, humilde y sumisa, como no cabía ser de otra forma para una esclava.
María, que así se llamaba, contaba con quince años y nació de unos padres alojados en la extrema indigencia en los barrios bajos de la Valencia del siglo XVII. A su padre lo mataron de un navajazo en una reyerta que surgió en una taberna a consecuencia de una partida de naipes en la que, borracho, empeñó el vellón del que no disponía. Su madre se tubo que prostituir con mucha tristeza y asco para poder llevar a casa algo de pan y agua de cebada para que su niña no muriera de inanición. Al cabo la madre también se dio a la bebida , con lo que su cuerpo y por tanto su caché mermó de tal manera que lo poco que ganaba en aquellas oscuras y apestosas calles llenas de mugre, excrementos y siempre mojadas por la constante lluvia, se lo gastaba en lo único para lo que entonces vivía, la bebida, olvidándose por completo de su pequeña que, poco a poco, languidecía sin remedio a merced del primero que la encontrara arrastrándose en cualquier callejón oscuro y aislado de toda civilización posible a merced de su propia suerte.
En una ocasión, María cayó en manos de un adinerado mercader; gordo, viejo y baboso, que una noche la encontró tendida en el suelo hediondo y con los cabellos grasientos, sucios y enredados y cuyas ajadas vestiduras dejaban entrever sus vestales muslos manchados de mugre y visiblemente temblorosos debido a su deficiente estado físico, mientras intentaba levantar una mano hacia este mercader implorando compasión y suplicando una pequeña limosna.
El mercader, como si se tratara de una rata, la agarró del pelo y así la llevó hasta llegar a su casa, donde lo dispuso todo en cosa de unos minutos para poder desfogarse con ella de la manera que a este desalmado y detestable personaje más le complaciera. Mientras, exhausta y acurrucada en una esquina del inmenso y opulento salón principal, María permanecía ingenua a los planes del desalmado mercader, los cuales pudo comprobar cuando, con plena ausencia de modales e importándole muy poco la salud física de María, la agarró del harapiento poncho de lana que llevaba y la llevó hasta su lecho donde la despojó con violencia de sus ajadas ropas dejándola completamente desnuda e indefensa.

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