Por fin había cumplido los 10 años. Cuando hace tan solo cosa de uno creía que nunca iba a llegar el día de esa ansiada decena para formar así parte de los mayores del colegio, además de conseguir algo más de reconocimiento por parte de sus padres.
Nicolás, que así se llamaba nuestro protagonista, era un niño de estatura normal, rubio y de cuerpo atlético al que le encantaban todos los deportes, con predilección por las artes marciales y los de riesgo, como escalar montañas o vadear los ríos por su centro soportando las ligeras corrientes que le impedían avanzar de forma cómoda y, por supuesto, siempre al lado de su padre.
Vivía, junto a sus padres y su hermana pequeña, Sonia, en una casa de dos alturas y bastante bien decorada por parte de estos, pues aunque les costó mucho trabajo dejarla en las condiciones actuales, la casa gozaba del encanto de todos los vecinos que, con un motivo u otro, a menudo, se acercaban a verla y se encantaban cuando los papás de nuestro protagonista les ofrecían tomar una taza de café.
La decoración de la casa se basaba en el aspecto rústico con todos los muebles bajos y de tipo colonial, alfombras de esparto en tonos claros, aperos de labranza estratégicamente colocados para enfatizar ese ambiente rústico y, como no, las paredes se hallaban repletas de hermosos cuadros que si bien no todos eran de temas rústicos, si había un par de ellos que, aunque en tonos sepia y con marcos de madera desgastada, mostraban sendas fotografías de la familia sin ser excesivamente antiguas, pues a Sonia, que solo contaba con año y medio, ya se le veía crecidita.
Entre toda aquella amalgama rústica había algo que agradaba particularmente a Nicolás y en la que perdía gran parte del tiempo que permanecía en casa, ya que se perdía en sus provocativos detalles, los cuales estimulaban en el niño una curiosidad de tal magnitud que casi era una obsesión el poder descifrarlos; se trataba de uno de los cuadros.
Aquel no era un cuadro normal; tenía algo que Nicolás no alcanzaba a comprender y que conseguía que permaneciera frente a el horas y horas intentando descifrar las miradas de los distintos animales que se dibujaban con rostro enojado o algo parecido. A decir verdad había pasado tantas horas mirándolo que ya no estaba seguro de si aquello que el creía rostros de enfado era así o no; y de ser así… ¿Por qué?
La cuestión es que Nicolás disfrutaba sentándose frente a este cuadro, o quedándose de rodillas un buen rato en la silla que se encontraba justo debajo del mismo, o incluso permaneciendo de pie, le daba absolutamente igual mientras pudiera mirarlo sin interrupciones, tranquilamente, pues además de la curiosidad, despertaba en el muchacho sensación de placidez y sosiego.
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