“Desde tiempos casi inmemoriales, siendo yo bien pequeño, ya hacías de las tuyas con todo el mundo, aquí y allá, a ricos y pobres. Tu forma de ser te obligaba a atender cualquier reclamo por sufrido que este fuera, y siempre, siempre, con el mismo fin: hacer el bien y ayudar a los demás en la medida de tus posibilidades; sin desfallecer, sin poner nunca malas caras, con entereza, con una personalidad que, además de ser abrumadora, infundía respeto y admiración”.
Jamás conocí a nadie como mí querida abuela que, cuando yo era niño, soportaba todas mis trastadas sin perder las formas, aunque sí a veces la paciencia, por lo que se descalzaba y zapatilla en mano pronunciaba tal serie de furibundas y amenazantes palabras que acallaban enseguida mis inocentes fechorías a revueltas de mis hermanos y en ocasiones incluso de mis primos.
Huelga decir que mí abuela nunca cumplía aquellas amenazas que, segundos después de ser expresadas, eran sofocadas humildemente con una leve sonrisa que se apreciaba dulcemente en su rostro. El amor por sus nietos y el agradecimiento a Dios y a la vida por dejarle disfrutar de aquello que hacía unos instantes la había hecho saltar de su vieja mecedora de madera de cerezo, hacía que se sintiera la mujer más afortunada del planeta; y cuando no lo tenía, sollozaba entrañable su ausencia.
Siempre incansable y tan llena de ternura, mí abuela nunca dejó de trabajar para poder darle a sus hijos lo mejor que pudiera conseguir, eso sí, siempre dentro de la legalidad, aunque esta no siempre fuera respetada por sus vástagos que ante la necesidad, y en ocasiones el hambre, se veían obligados a desatender los requerimientos disciplinarios de su madre para poder llevar el día de una mejor manera y, por qué no decirlo, con el estómago algo más lleno.
Constante, estricta y trabajadora, mí abuela nunca faltó a sus obligaciones para con sus muchas ocupaciones, con el único propósito de educar a sus hijos de la mejor manera y ofrecerles, en la medida de lo posible, lo necesario para su correcta formación física e intelectual, por lo que estos, uno de ellos al menos, y por voluntad propia, se abrió camino por las noches entre clases de geometría, lengua y los incombustibles reyes godos.
Tengo que admitir que para mí fue siempre una fuente de inspiración tanto en lo personal como en lo profesional pues era un ejemplo a seguir en todos los aspectos: bondad, filosofía de vida, mentalidad y muchas más cosas que se suelen atribuir a aquellas personas que ya no están entre nosotros aunque en verdad, algunos no las merecieran… En mí abuela todo eso era acertado y es posible que me quedara corto, pues muchos eran sus amigos y amigas y ninguno la desmereció en ningún momento de su vida.


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