- ¿Mágico. Ese pedazo de papel? –inquirió Sonia mirando al conserje del colegio.
- Si, sé que te gusta mucho dibujar y creo que nadie mejor que tú para aprovechar este papel -le susurró el conserje.
- ¿Me quiere tomar el pelo señor Antonio?
- De ninguna manera, pequeña. Guárdalo y cuando tengas un rato haz un dibujo en él; no tienes nada que temer, solo es un pedazo de papel.
- Está bien -consintió Sonia metiendo aquel papel con prisas y sin cuidado en su pequeña mochila de lona roja con dibujos estampados de las princesitas de Disney mientras movía graciosamente sus tirabuzones.
Sonia llegó a casa de mano de su hermano después de un duro día en el cole.
- ¿Qué tal te ha ido en el colegio? -le preguntó su mamá- muy bien; hemos dibujado, pintado, leído…
Se cambió de ropa y deshizo la mochila. Ya no se acordaba pero allí lo vio, en el fondo, debajo de todo lo demás, un poco arrugado pero intacto; era aquel pedazo de papel mágico que le dio el conserje. Como si se tratara de un trasto más, cogió el papel y lo depositó encima de la mesa. Cuando se dispuso a colgar la mochila en una percha colocada a su altura, percibió desde su mesa un destello de luz muy brillante.
Quedó paralizada con la mochila insertada por el asidero en la percha, sin soltarla, sin decidirse a mirar a ver de donde exactamente salía esa luz. Al fin bajó los brazos y fue despacio hasta la mesa sin dejar de mirar fijamente aquel pedazo de papel que para nada parecía mágico. Mientras miraba inquieta aquel papel inmóvil sobre la mesa, oyó que su madre la llamaba para merendar, por lo que se decidió a dar la vuelta sin saber que pensar y dirigirse a merendar como hacía todos los días. Cuando estuvo a la altura del marco de la puerta, con la mesa a su espalda y antes de girar camino de la cocina, una vez más, percibió aquel fugaz destello de luz blanca que iluminó de nuevo toda la habitación. No se giró, paró un momento y siguió con la impresión de que aquel papel quería llamar su atención.
- Mamá -dijo Sonia masticando todavía el último bocado- me voy a mi cuarto a hacer un dibujo.
Sigilosa como una leona que acecha a su presa, llegó hasta aquel papel, a pie de mesa. Allí permaneció un momento hasta que se decidió, y cogiendo un lápiz cuyo extremo superior estaba adornado por un pequeño busto de Blancanieves, comenzó a dibujar lo que parecía un bosque compuesto por muchos árboles llenos de tantas ramas huérfanas, sin hojas, que apenas dejaban pasar la luz del día. En el dibujo que poco a poco creaba Sonia se apreciaba una estrecha senda cuyo trazado se salía del
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