Existió tiempo ha, en un poblado diezmado por la sequía, el hambre y las enfermedades, en la República Democrática de Etiopía, un niño que, aunque estaba literalmente en los huesos, nunca desfallecía pues su espíritu, sin duda alguna, era muy fuerte, positivo, y como no, muy despierto e imaginativo al igual que cualquier niño.
Nagasi, que así se llamaba nuestro amigo, pertenecía a la tribu de los hamer cuya situación era muy delicada y estaba en las últimas; las ayudas prometidas nunca llegaban y el agua… bueno, hacía tiempo que no bebían agua sino una mezcla insalubre de esta con tierra y suciedad. Esperaban, siempre de un momento a otro, provisiones de comida, medicinas e incluso semillas para intentar cosechar algo en aquellos páramos yermos y abrasados por el sol incombustible, como una lente que concentra su tórrido haz de luz en un punto concreto.
Nagasi tenía 10 años y su única indumentaria consistía en un pequeño pantalón corto, viejo y raído que además era dos tallas más grande. Cojeaba a consecuencia de una lesión en el pie que le dejó casi inválido, pues sus huesos, frágiles como el cristal por la falta de calcio, se rompían con facilidad. Una noche, cuando algunos hombres del poblado practicaban bailes tribales alrededor de una hoguera pidiendo a los dioses para el pueblo, Nagasi decidió dar una vuelta por el extrarradio del poblado para pensar, imaginar y disfrutar de lo mucho que se podía disfrutar en las noches africanas. Momentos después de andar por la oscuridad con la única luz que ofrecía una luna llena y enigmática, Nagasi creyó oír algo que no logró identificar a pesar de su insistencia en reconocer aquel oscuro perímetro en busca del causante de aquel extraño sonido. Enseguida perdió todo interés pues si algo no faltaba por aquellas tierras eran criaturas nocturnas de todo tipo. Siguió andando y una vez más oyó aquel ruido. Era como si alguien le estuviera chistando para llamar su atención, pero por mucho que buscaba a su alrededor no veía nada. Se sentó en la tierra tibia, y armándose de paciencia esperó.
Al cabo de unos minutos volvió a oír algo, aunque esta vez no se trataba de ninguna llamada de atención sino una voz dulce, clara y pausada que le estaba llamando.
- Nagasi, Nagasi. ¿Es que no me oyes Nagasi?
- Claro que sí, pero no te veo. No sé quién eres –contestó Nagasi desconcertado y sin saber hacia donde mirar.
- Sí me ves, mi pequeño Nagasi, lo que ocurre es que no crees en mí.
- Si me dijeras quien eres, tal vez…
- Mira hacia arriba mi niño, en el cielo –dijo la voz dulcemente- ¿Me ves ahora?

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