Los rigores de la vida y las coincidencias del destino hicieron hueco en mi agenda para afrontar un reto durante años perseguido. Como muchos de vosotros sabréis, en 1999 recorrí el Camino de Santiago en bicicleta desde la localidad leonesa de Mansilla de las Mulas acompañado de tres amigos del alma y muchos agregados por decreto de grupo. Este viaje iniciático hizo mella en mí, y el deseo de volver se mantuvo intacto durante todo este tiempo. Eso sí, esta vez cambiaría las ruedas y los piñones por las botas y el bordón. Ni que decir tiene que alguien como yo, que va a por el periódico en coche, no estaba entrenado físicamente para el evento. Pero como creo firmemente que para recorrer este camino no sólo bastan un buen par de piernas, no tuve ninguna duda sobre mis posibilidades.
Después de asaltar la farmacia que hay justo a lado de mi casa y repetir en varias ocasiones a la boticaria que sufría del conocidísimo mal de los pies delicados, me dispuse a rellenar a conciencia mi vieja mochila. Por supuesto me costo discernir entre las cosas que debía y las que no debía llevar, y es que uno no puede de la noche a la mañana dejar de ser un humano aferrado a sus, muchas veces, prescindibles accesorios.
En esta ocasión tampoco iba a viajar solo, ya que Itziar una amiga regresada de las duras tierras del occidente asturiano me acompañaría en el intento. Tras revisar entre ambos varias guías del camino y echar un vistazo a numerosas páginas web, coincidimos en comenzar la ruta desde León. Aunque claro, todo es mucho más fácil desde la perspectiva de los mapas, con sólo quince o dieciséis centímetros entre etapa y etapa.
Una de las cosas que tenía más clara antes de empezar el camino era la de planear el viaje a medida del desarrollo de los acontecimientos. De nada servía tener todo atado y meditado si de repente nos sorprendía una lesión o los pies se nos cubrían de las temidas ampollas. Por lo tanto, acometeríamos las etapas en relación a nuestra fatiga y no seguiríamos religiosamente los trazados recomendados por los “expertos del camino”.
El día 22 de Agosto de 2009 iniciamos nuestra peculiar peregrinación a Santiago de Compostela y después de algunos dimes y diretes reservamos plaza en un autobús dirigido por el primer personaje del viaje; un recortado paisano pertrechado con grandes dosis de mala leche y una forma de conducir que hacía que los viajeros de la parte delantera, con nosotros dos a la cabeza, rechinaran los dientes en cada despiste del susodicho.

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