EL SUEÑO DE ÉL…
Teñí un hoyo azabache para lo que guardase de miseria. La ruina es mi destino, nunca pensé que de otra forma fuera.
Pero cada noche siento la sed, el deseo, la pasión lóbrega por lo que no es mío, por lo que fue mío… Resurjo del hoyo, como si tal derecho me perteneciera. Que sublime deja la palidez en la belleza… Amanece… No resisto, el mundo vuelve a ser un escenario, yo vuelvo a tener un papel.
Surjo de lo negro y lo amado al inhóspito gran bosque, de granito y piedra. Los mirlos ajenos, cantan melodías eternas. Esta tierra, mi reino, se remueve entre árbol y árbol con lamentos de putrefacción: gritos de rechazo a la nada.
Risa me da tal gemir, pues yo soy el rey, y camino entre los lores cual danza al acecho. Con cada paso de existencia sigilosa, calla un grito más del alma en pena. Nunca aceptarán el sublime deslizar del tiempo.
Mi reino lo rompen las ramas, lejanas tras la verja oxidada, dolorosas para los seres que como vivos existimos, entre los muertos.
Atrás dejo la hostilidad y el temor sobre los rostros descompuestos, ahora me toca representar mi papel: Que para tus ojos no más que un albo ser de azabaches velos, trajeado con elegancia, blandiendo el viento mis largos cabellos, seré.
Las manos a la espalda y la mirada al cielo, canturreo una canción cualquiera inspirada en el violáceo paisaje y… ¡Oh! ¿No son eso rosas? Que hermosas flores salvajes, quizás me lleve una. Oigo ya chapurrear al río, quizá lo visite antes de ir a la ciudad, he de apresurarme.
¡Que veo! Algo brilla junto a las brillantes aguas. Tal es su resplandor, de cabellos dorados… y su mirada de cien soles que mi cautiverio cautiva. Se pone en pie y viene a mí, ¿qué pudo hacer sino tenderle mis brazos? Darle un abrazo a ese mirar… La sed me invade. Un beso vuela por mis labios y muere en ella, en ella; y un último gemido indescriptible, en ella y en mí…
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