2007 Todos los derechos reservados. Felipe Hoffa U. Prohibida su reproducción total o parcial.

1. ¿Qué nos pasó?

María Francisca,

Todavía estoy tratando de descifrar qué fue lo que nos pasó y espero que esta carta sea la mejor manera de hacerlo. Creo haber descubierto cuál fue el problema, e incluso creo tener la solución, pero no te apresures, prefiero partir por el principio. No quiero aburrirte repitiendo la historia que ya conoces, pero igual me gustaría hacer primero un resumen de cómo llegamos hasta acá. Probablemente recuerdas cada detalle (e incluso algunos que yo ya olvidé), así que date toda la libertad del mundo para corregirme si te das cuenta de que mi memoria me ha traicionado.

Se podría decir que nuestra historia empezó el día que te pedí que me firmaras tu libro, pero para mi empezó antes, el día que el "Sobre gustos..." llegó a mis manos. Fue una casualidad, ya que aunque hablaban de él en todos lados, yo me rehusaba a leer un libro "para minas". Al ir leyéndolo me di cuenta de dos cosas: Por un lado, tal como lo suponía, que toda la temática era completamente femenina, pero por otro - y esto me sorprendió 100% de imprevisto - que me había enamorado irremediablemente de ti, la protagonista. Entré en tu mente, comprendí tus sueños, hice míos tus ideales, participé en cada uno de tus malogrados romances en tu eterna búsqueda del hombre ideal.

Era una amor platónico, claro. En esos días yo estaba pololeando, y aunque hace bastante tiempo tenía desarrollado el criterio para distinguir ficción de realidad, frecuentemente me sorprendía comparando a la mujer que tenía a mi lado contigo. Por eso debe haber sido que me emocioné tanto cuando supe que ibas a estar en ese evento firmando tus libros. Nunca le he dado mucho valor a los autógrafos, pero no iba a perder la oportunidad de conocer a esa mujer que me miraba desde su foto en la solapa del libro. Puede que te acuerdes de que fui uno de los primeros en llegar, y espero que no te acuerdes de las cosas que dije. No recuerdo muy bien qué fue, pero tengo que haber dicho alguna de esas incoherencias típicas de cuando me pongo nervioso. Afortunadamente atiné a pedirte tu dirección de e-mail, y no debes haber prestado mucha atención al resto de las estupideces que dije, porque igual decidiste dármelo. Debo confesar que yo ya lo tenía, pero por fin me sentí con el permiso para usarlo.
Así fue como empezamos a escribirnos. No regularmente, pero sí cada vez que encontraba una excusa para hacerlo. A veces eras tú continuando una cadena de esas que tienes que re-enviar 20 copias para que no te caigan las penas del cielo, o yo con algún comentario cuando tenía la suerte de encontrar una de tus columnas publicada en el diario. Nada muy especial, y conforme pasaron los años nuestros intercambios se fueron haciendo cada vez más irregulares. Claro que la última vez fue distinto. Mi pololeo había terminado más de un año atrás, y ahora era libre para intentar ir un paso más allá.

Empezó un nuevo intercambio de e-mails, mientras yo secretamente buscaba las palabras que te harían mía. Aunque tu libro terminaba 30 años en el futuro contigo viviendo con el hombre de tus sueños, hoy estabas sola, y de correos cada vez más frecuentes pasamos a conversar por chat al menos unos minutos cada día. No me sorprende que entre tanto diálogo hayas terminado enamorándote, todo gracias a la vieja fórmula que tu misma me hiciste recordar. Bastaba con que yo me apareciera todos los días a la misma hora, primero para convertirme en una costumbre, y luego en una necesidad.

Por eso fue que me sorprendió tanto que nuestro amor finalmente no se hubiese hecho realidad. Todas esas palabras maravillosas que compartimos desaparecieron misteriosamente cuando por fin logramos estar frente a frente. Miento. En realidad no fue tanta mi sorpresa ni tan misteriosa esa desaparición. Creo que tú y yo sufrimos del mismo mal: Nunca te podrás enamorar de alguien real. Jamás un hombre podrá estar a la altura del que tu mente ha creado como ideal. Todos tus amores han sido juzgados contra el modelo de ellos mismos que tu cabeza armó, y tu fértil imaginación siempre lleva las de ganar. Tu corazón late por alguien sólo cuando esa persona ya no está, y no queda sino esa imagen creada por ti. Por eso es que te sientes tan enamorada de tu padre... es el único hombre en este universo con el que nunca podrás estar. Hasta tu fantasía con Brad Pitt podría convertirse algún día en realidad, y recordaríamos ese día como el día en que Brad Pitt te dejó de gustar.

Confieso que realmente lo disfruté mientras duró. Volví a sentir el placer de entregar un te quiero. ¿Sabes cuántas veces lo callé en otras situaciones por responsabilidad sentimental? Nacieron en mi cabeza nuevas ideas, planes que nunca antes pude formular. Quise renunciar a mis amores fugaces, a mi vida de soltero, y tomarte de la mano, hacer un plan de vida, recorrer el mundo contigo. Podría seguir eternamente, en mis ojos armé películas con nosotros viviendo 1000 años juntos, y que sólo la muerte nos podría separar. Todo eso murió cuando nos miramos frente a frente. Ni tus sueños ni los míos pudieron resistir el peso de la realidad. Algunas cosas quedaron, claro, por ejemplo todavía puedo seguir diciéndote "te quiero", ahora con la misma irresponsabilidad sentimental con que me lo dijiste horas antes de anunciarme que lo nuestro jamás iba a resultar.

Partí esta carta diciéndote que había encontrado el problema - y ahí está - pero también adelantando que había encontrado una solución. Es cierto que nunca te podrás enamorar de alguien real, y eso yo no lo puedo cambiar, pero no importa, es lo que eres, es lo que soy, y por ahí tenemos que empezar.

Todo este tiempo estuve buscando las palabras que te harían mía, y recién ahora puedo ver que siempre las tuve conmigo. Son éstas. Tú no eres real, eres sólo un personaje de un libro escrito por ti misma, otro personaje de un mundo de papel. Vives en páginas blancas con letras negras, en libros ajados, en las cabezas de los que algún día leyeron tu historia y que todavía algo pueden recordar. Pero sobre todo, vives en mí. Ahora eres mía, me perteneces, vives en mi cabeza, en mis letras, en mis palabras, en mi mundo, el de otro personaje que tampoco existe en la vida real. Toda esta historia que te he contado, esta historia que nos pertenece, sólo existe acá. Y eres mía. Y me perteneces. Y obedeces ciegamente mis palabras. ¿Qué vas hacer? ¿Vas a ir a denunciarme a la policía? Buena suerte tratando de explicarles por qué ni siquiera tienes un número de carnet de identidad, o cómo un personaje de ficción te pudo raptar. Pero tranquila, ambos sabemos que esto para ti no es un problema, y que conmigo por fin encontraste la verdadera felicidad. Baja tus defensas, acéptalo, yo te creé, y tú eres todas mis fantasías hechas realidad.

¿Vida mía, cuántos años tuvieron que pasar antes de que nuestros corazones se pudieran encontrar? ¿Qué fue lo que finalmente logró que nos pudiéramos juntar? Me encantaría pensar que fue esa carta que te escribí años atrás, pero debo ser justo y reconocer que yo jamás habría dado con tu solución para compatibilizar tu sueño de encontrar a tu propio capitán von Trapp con el mío de vagar por la ciudad como ese príncipe disfrazado de mendigo en búsqueda de un amor real.
Pero basta ya, creo que es hora de despertar. Te quedaste dormida en el living, frente al televisor, abrazada junto a los niños, contándoles uno de nuestros viajes por la India o Nepal, esperando que yo terminara mis tareas en el computador. Hoy día me demoré un poco más que de costumbre, pero mañana es nuestro aniversario, y creo que éste es el mejor regalo que te puedo entregar.

Te quiero, y espero vivir contigo mil aniversarios más,
Felipe


2: Química

Todo lo que pasa por nuestras cabezas, las imágenes, los sonidos, los olores y sabores, en directo, recordados o inventados, todo, no son más que señales electroquímicas saltando de una neurona a otra. Una vez que nos hemos dado cuenta de esto podemos tomar el control, manejarlas, manipularlas, alterar el estado de conciencia con una variedad de sustancias (no siempre legales) que encontramos a nuestra disposición. Los que no tuvieron la suerte de nacer con un equilibrio "natural", hoy afortunadamente pueden recurrir a un cóctel químico recetado por un doctor que les permite vivir en paz. Aunque a los doctores les encantaría calificar a estos poderes de ciencia, una mirada objetiva nos permite ver que están más cerca del arte y la magia negra, un ejercicio de prueba y error hasta que llegan a un resultado con el que pueden sentirse tranquilos y continuar.

Es el caso de Felipe, por ejemplo. Si pudiera elegir, probablemente elegiría quedarse en ese mundo imaginario y feliz donde vive ahora, con sus hijos y la mujer de sus sueños, en una casa de brillantes colores, y no en esa pieza de blancas paredes donde el resto del mundo lo puede encontrar. De cierta manera sabe que para vivir ahí necesita de ciertos químicos, pastillas recetadas, y confía que los médicos se las seguirán entregando mientras parezca feliz y mantenga su comportamiento ejemplar.

Un mundo de fantasía requiere ser alimentado. Fragmentos de realidad se convierten en nuevos ladrillos que permiten ir construyendo y reconstruyendo sueños y recuerdos y no importa mucho que iba adelante o atrás, al final queda sólo un torrente de memorias, más felices o más terribles dependiendo del equilibrio químico al que cada uno haya llegado.

Uno de los momentos de realidad favoritos de Felipe son cuando ve llegar al doctor de turno acompañado por una nueva rotación de alumnos de medicina. Caras nuevas, jóvenes, sorprendidas por el zoológico humano al que se enfrentan por primera vez. Algunos permanecen asustados, y otros fascinados se van acercando lentamente a los pacientes. Él prefiere mantenerse distante, observando. Cuando no quiere ser molestado se pone a escribir frenéticamente con un lápiz y papel imaginarios, y generalmente los alumnos prefieren seguir y acercarse a un loco menos ocupado. Los más curiosos han tratado de pasarle un lápiz y papel, pero emprenden camino rápidamente cuando ven aparecer rayas - sin sentido alguno - en el papel.

No siempre es así, como cuando una alumna - muy parecida a la mujer de sus sueños, casi la versión joven de ella se podría decir - decidió acercarse a él. En estos casos él trata de seguir escribiendo con la esperanza de que el alumno se aburra y vaya en busca de alguien más interesante, pero hoy ella está decidida a hacerlo hablar.

- Buenos días.

No obtiene reacción, él sigue escribiendo.

- ¿Cuál es su nombre?

Nada aún.

- ¿Hace cuánto tiempo estás acá?

Ella se esfuerza un poco más, y recuerda algunas técnicas para romper las barreras que ponen los pacientes.

- ¿Qué escribes?

Los planes de Felipe están funcionando, un poco hastiada por no obtener respuesta

... Esto es una vista previa, para ver el texto completo deberá descargarse la obra ...