Se pierde, porque cualquier movida que uno haga es mala. Se pierde, no por lo que hizo el contrario, sino por lo que uno está obligado a hacer
R. W.


Ramón elogia mi coraje.
Como buen irlandés, dice.
Es un hombre encorvado y casi calvo, al que le falta un ojo; un viejo. Yo también. Soy, de alguna manera, un profesor de inglés jubilado que vive en San Vicente y se acerca una o dos veces por semana a la plaza del pueblo a jugar o ver jugar al ajedrez.
Un mate, propone. Yo cebo.
Yo sé quién es usted, vuelvo a decir.
Ceba el mate con cuidado mientras me dice, como casualmente, mira tú, che. También dice que tengo suerte: que el no está seguro de saber quién es. No subraya nada, solamente lo deja establecido.
Entre los árboles que rodean la plaza se puede ver el cielo grisáceo, las luces pálidas de este mediodía de otoño. Desde acá es fácil amar, siquiera momentáneamente, a San Vicente. Y es una forma inconcebible de amor lo que nos ha reunido.
Así que me tomo un mate largo.
Ceba bien usted, Ramón, para ser alguien que mezcla el tuteo en su vocabulario, le digo.
Sonríe. Casi no le quedan dientes pero es su sonrisa, la sonrisa de las fotos de Salas: en el corte voluntario de caña, aquella otra detrás del tabaco. Está más viejo -mucho más viejo que yo aunque haya nacido un año después- pelado, le falta un ojo, pero no me quedan dudas: es él.
¿Y cómo sabe quién soy?, me pregunta, la bombilla ahora en su boca desdentada.
Usted no se acuerda de mí, digo, pero nos conocimos allá, en la Isla. Pienso que no puede reconocerme: yo también estoy disfrazado de viejo, un viejo profesor de inglés jubilado.
Yo era gente de Segundo, agrego.
Pienso que lo soy todavía, que siempre seré uno de los hombres de Segundo.
Segundo, repite como si bostezase, como si la voz fuera la sombra de una sombra, como si en la sola sonoridad de la palabra estuviese implicada toda la


... Esto es una vista previa, para ver el texto completo deberá descargarse la obra ...