Con este relato solo deseo realizar una llamada de atención sobre el comportamiento de algunas mujeres obesas en la consulta de endocrino y realizar una autocrítica sobre la banalización del problema de salud que supone la obesidad por parte de muchos trabajadores de la salud (fundamentalmente médicos). Lo que escribo a continuación en ningun momento quiero que suponga una justificación de actitudes poco éticas hacia estas personas que en muchos casos demandan ayuda de verdad y a veces no las tratamos como debemos. Por esto quiero entonar el mea culpa cuando alguno de estos pacientes no han recibido la atención que merecen en mi consulta y pedir perdón por ello.
Antes de que la asociación de feministas se me eche encima, decir que estas reflexiones proceden de muchas horas de trabajo dedicadas en un hospital público de una capital de provincias y que, quizá, si esto ocurriera en un hospital privado de una gran capital no nos encontraríamos en esta situación.
Estas mujeres (perdón por no ser igualitaria con los hombres, estos acuden menos por obesidad y son más realistas) acuden, casi siempre, tras haber seguido diferentes pautas de tratamiento para su sobrepeso u obesidad; entre estos tratamientos se incluyen las pastillas adelgazantes, batidos de farmacia ó parafarmacia, dietas disociadas, homeópatas, hiperproteicas ó, sencillamente, milagrosas. En algunos casos son derivadas por el médico de atención primaria, pero en otras ocasiones acuden a petición propia de forma voluntaria al ver fracasada su cruzada contra los kilos.
No obstante, la primera vez que acuden a nuestra consulta, piensan que también nosotros somos milagrosos y que la fórmula para adelgazar la tenemos en secreto para utilizarla sólo en nuestros propios cuerpos (¿o quizá debería decir cuerpazos?), de ahí se deriva el hecho evidente, de que en nuestro servicio no trabaja casi nadie con un IMC > 26 kg/m2; esto causa la envidia de otros muchos, casi siempre muchas, trabajadoras de nuestro hospital.
Para nuestro regocijo y su mayor pesadumbre, he de decirles que lo nuestro está en parte, genéticamente determinado (somos guapos y esbeltos porque así nos parieron nuestras madres) y, en parte, porque nos cuidamos y si no, que nos lo digan a la una de la tarde cuando somos capaces de devorar al primer delegado de laboratorio que pase como si de caníbales se tratara. NOSOTROS TAMBIÉN PASAMOS HAMBRE.

El título de este alegato se lo debo a una amiga especial que fue la que me consultó por este motivo en la misma consulta; su pena es que “retenía líquidos” porque “cuando ovulo no meo”, razón por la cual toma diuréticos de manera

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