El amor entre el cuerpo y el universo, por Silvia Favaretto:
Marta Roldán nos regala, en las páginas de su último "Testimonio de iniquidad", la corajosa ofrenda de su compromiso con el arte y con la vida. Marta se rinde, de frente a todo lo que es sorprendente, que la deja inerme, vencida: "ante tanta belleza no importaba". Aquello que de maravilloso y terrible hay en el amor parece el punto focal de todo este libro, como trasluce en las intensas líricas de Mitin: "Para no recordar/ mutilé mi hombro izquierdo. (.) le di vacaciones/ a la piel de mis senos". En los versos que son un recuento de infancia perdida y de amores contrastados y contrastadores, de culpas y pecados expiados, un cautivador testimonio de una vida vivida a pleno, sin titubeos. Una existencia en la que la carne persiste en el vacío, en la que el cuerpo se obstina firme y estremecido también, en la vacuidad del la apariencia, en la efímera perdurabilidad del arte. Una identidad que sobrevive a la muerte ("Las letras húmedas de tu nombre muerto"), a la mitológica cotidianidad de los días ("el minotauro perdiéndose en tu casa") a suspiros y ungüentos, que permiten de todas maneras "respirar en el oxígeno revuelto/ con el mango del final de nuestra historia". El eros custodiado en esta poesía está inspirado en la misma naturaleza , la poeta es el árbol y su amante el campesino que succiona lánguidamente la aceituna custodiada entre las hojas. Es el joyero que la transforma en diamante entre sus brazos. Es el panadero que infunde el vigor de sus manos al pan-cuerpo de la autora. Es el teatro de cada uno de sus deseos: "Un teorema irresuelto el espesor de tus pestañas./ Luna de piel, resolana, la curva de tu nariz./ Un prostíbulo rojo abrió su puerta entre tus labios/ ofreciendo tu lengua, única experta cortesana." La autora se ofrece por completo al amor de su hombre: "Mío el deber de ofrecerte cada vida que me toque." Un testimonio de amor es este libro, pero al mismo tiempo un intento de declaración a la humanidad. Una afirmación sólida contra los horrores que incumben a la sociedad: "diferencia o pobreza,/ su raza, su credo o sexo, su coraje, su opinión./ Te estoy viendo, humanidad,/ serte parte me avergüenza." Palabras que no se callan en el momento de denunciar la miseria: "Angelitos negros con vientres hinchados,/ cabezas lampiñas, deformes, marcadas./ Es la misma especie a forjar su infortunio/ dejándolos solos, con hambre, sin alas." Las guerras, la miseria, los desastres naturales encuentran su lugar en estas páginas, pero también la arrogancia de la economía mundial que decide el destino de tanta gente pobre. Un primer impulso, en la sección final del libro, es el de ahogar la desesperación en un salto al vacío, desde el sexto piso. Pero la misma poesía se abre a la esperanza de alas de ángel que frenarían a la autora antes de precipitarse en el rumor del mundo. La elección final no es autodestructiva, es el cambio. La conclusión autobiográfica de este libro nos conduce


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